Esta semana te compartiré más información en el blog sobre el estilo de vida minimalista para que puedas incorporar las prácticas mejor a tu vida diaria si así lo deseas.

Este es un ensayo personal.

Nunca fui de querer muchas cosas.

Nací en un barrio pobre, mi familia era pobre. Mis padres, muy trabajadores.

Mientras mi papá se enfocaba en planificar y construir abundancia, mi mamá pensaba a futuro y acumulaba cosas y artículos de primera necesidad: jabones, botellas de agua, ropa, comida, baterías…por si venía un huracán, por si llegaba un momento de escasez, mejor estar preparados.

Entendía su punto pero me costó aceptarlo porque era tanto el tiempo dedicado al acumular y poco al vivir, al disfrutar todo lo alcanzado en familia.

Con los años comprendí por qué prefería la casa de mi tía a la mía. Habían menos cosas, más orden, cada pieza tenía su lugar. Así como de pequeña me daba con apretar botones simplemente a ver qué sucedía, lo mismo ocurría cuando grande. Me costaba ver todo tan limpio, tan shiny, tan perfecto y sin embargo, lo prefería.

Mil veces más.  Me daba paz mental.

Cuando me mudé un año y medio al Reino Unido a estudiar la maestría tuve que aprender a vivir de una maleta.

A los 22 años, comencé a liberarme de ataduras a las cosas. La pérdida de una gran relación amorosa fue demasiado doloroso soportar por las circunstancias. Me quedé sin dinero, sin trabajo y sin ganas de pensar en mi futuro. Fue en esos tiempos duros de invierno que comprendí, que valoré, las manos de mis amigos. Cómo las tendieron, cómo me acogieron en sus casas, tres meses de lugar en lugar, hasta mi graduación.

Fue ese período el que me hizo abrazar el minimalismo completamente.

Acumular experiencias, no cosas.

Ver a las personas por quiénes son y cómo te tratan, no por lo que tienen.

Desde entonces, ya van siete años en que he vivido de dos maletas.

Tres trajes, dos pantalones, tres faldas y múltiples camisas.

Recuerdos materiales, muy pocos. Libros compro y luego los dono. Fotos las imprimo y las cargo en libros, ese es el único peso que no me importa llevar.

Por el estilo de vida de corresponsal (y más de temas de conflicto), aferrarme a lo material no era lo más conveniente. Vestirme muy fashion no era una opción: atraía atención y no de la buena, en los países en los que estuve, claro está.

Sin embargo, el poder viajar así me hizo sentir libre. Aún hoy me siento así, que no tengo afuera demasiadas responsabilidades y puedo seguir enfocándome más tranquila en atender y guardar mi interior.

El minimalismo no es para todo el mundo, hay una corriente consciente que dice que ese es el futuro porque fue nuestro pasado.

Hoy te puedo decir que, en mi caso, viví lo bueno y lo malo.

Lo bueno, darle la justa importancia a las cosas. Entender que lo de afuera se recupera, tu salud, tranquilidad, paz, familia y tiempo… no.

Lo malo, y esto lo digo por mi caso muy particular -ojo, no es aplicable a muchos- es que creí tanto en no tener nada que, literalmente, me llevé a la ruina: económica, mental y emocional.

Es decir, me viví tan profundo el cuento de que “ser” bastaba que dejé de querer cosas (porque la deforestación, la explotación laboral, el sexismo, los animales, el plástico…), dejé de trabajar (¿porque para qué ser parte del sistema?), dejé de alimentarme bien, comprar seguro médico… socializar.

Principalmente, dejé de creer en mí. 

Fue tan y tan intenso ese espiral que terminé por varios meses aislándome, demasiado aire caótico astral. En ese espiral que caí, no gocé de libertad. Al contrario, sufrí y mucho. Me até a la pobreza material: la deuda, el desempleo, la falta de comida, techo, zapatos y más.

Varias maestras de vida me ayudaron a salir a la superficie, llevándome a entender que no era el extremo lo que había que aspirar sino el balance.

En Theta Healing comprendí que tenía un voto de pobreza. En una lectura de constelaciones familiares entendí por qué me renegaba a usar mis piernas, por qué me negué a pararme en mi poder y cómo la abundancia era más que lo material.

Al sentirte abundante, liberas tu energía creativa y te crees merecedor o merecedora de lo que deseas. Eso, puede ser físico porque nuestras almas encuentran vehículos en nuestros cuerpos.

Toda idea busca manifestarse en lo palpable.

Eso aprendí el año pasado, que no vivía el minimalismo en equilibrio.

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No es privarte de querer, es elegir a conciencia. Es trabajar tu mente para construir afuera la realidad que tienes dentro.

Aún los templos más abundantes no tienen muchas cosas, la verdadera abundancia es clara, organizada, no busca probarse, simplemente: es.

Este año 2018, tuve muchas pruebas en este camino hacia la abundancia porque me cuesta dejar de resistirme a las inversiones aún entendiendo que son parte de la pirámide de necesidades de Maslow: apartamento, transporte, alimentos más saludables y de mejor calidad, ropa específica para trabajar, zapatos adecuados…

Sé que esta no es quizás la historia más linda que encontrarás sobre el minimalismo pero esta es mi verdad.

La sigo reflexionando, viviendo, construyendo.

Sigo lidiando con los estragos de la mentalidad de carencia, buscando aterrizar en el plano físico la manifestación de la vida que quiero vivir.

Regresar a la esencia para poder dar más al mundo en arte, belleza, lecturas que construyan, eventos que nos permitan conectar, memorias.

Memorias de vivir en el ser y no perderse en el intento.

Memorias donde el tiempo y el espacio no nos preocupen tanto.

Memorias de relaciones saludables con nosotros mismos, las personas y cosas que elegimos y apreciamos. Detrás de un abrazo, un te quiero, una sonrisa, un columpio, hay materias, intenciones y seres humanos.

Esa es la exploración que llevo con este blog y que espero aporte un granito de arena a tus períodos de reflexión de este despertar de conciencia 2.0

En fin, ¿recomiendo el minimalismo? Sí.

  • Adoptar esta mentalidad te permite ahorrar dinero,
  • Invertir en lo que realmente valoras,
  • Reducir tu huella ecológica,
  • Reciclar y reusar en vez de comprar cosas nuevas todo el tiempo
  • Organizarte mejor
  • Enfocarte en cultivar tus relaciones y tu autoestima (aprendes a estar más presente en cada momento)
  • Reducir tu consumo de energía
  • Tener más claridad mental y tranquilidad en el corazón.

Gracias por leerme y gracias por seguir el blog.

Te mando mucha luz hasta que las palabras nos vuelvan a conectar en una próxima ocasión,

Natalia

 

Escrito por:Natalia Bonilla

Soy periodista y productora independiente de documentales sobre paz y género. En mi blog publico entrevistas, apuntes de viajes, actualizaciones de proyectos y despertares sobre lo que ocurre en el mundo.

2 comentarios en “Cómo el minimalismo cambió mi vida

  1. Por mi lado me sale lo bíblico… cuando llege el momento, habremos de correr a las colinas, y lo importante va a ser lo que no vamos a poder dejar atrás.
    Y en esos casos, más vale viajar liviano.
    O recordando al Conde Lucanor, donde está tu tesoro, allá está tu corazón. Que sea en personas, y no en frías cosas, o peor aún, en sucio dinero.

  2. Me gusto mucho tu post, me sentí identificada en muchas maneras. Es muy común que lleguemos a un punto en que sentimos que el minimalismo se nos va de las manos, pero es porque hay que aprender a escucharnos más y a conocernos.
    Te invito a visitar mi blog y que intercambiemos más conocimientos sobre el tema. Saludos.

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