El delirio de los últimos días de Van Gogh


Van Gogh, a las puertas de la eternidad (2018) es una entrega experimental que presenta los conflictos internos de un artista convencido de nacer en un tiempo demasiado retrógrado para él.

Quiero comenzar esta reseña con una aclaración: esta película es muy incómoda.

Probablemente, si la ves en el cine notarás personas levantarse e irse porque es muy “aburrida”, en ocasiones “sin sentido” y con tiros de cámara confusos y hasta perturbadores.

No es un filme “fácil” de ver y ni mucho menos está hecho para “conectar”.

No esperes el típico montaje: problema, clímax, desenlace. No esperes sentir “empatía” o “entender mejor” la historia del pintor holandés Vincent Van Gogh.

Tampoco esperes mucho diálogo, emoción, pasión.

Esta película realmente es una interpretación del director Julian Schnabel sobre el mundo que se especula residía en la mente de uno de los principales exponentes del postimpresionismo.

Definitivamente, el actor Willem Dafoe hace un excelente trabajo en capturar esa imaginaria esencia de delirio y genialidad en los últimos años de vida del pintor en Arles, una ciudad al sur de Francia.

La historia aquí no es muy historia. La mayor parte de la película vemos a Van Gogh caminando por prados, perdiéndose en la naturaleza y pintando, solo, viviéndose el color y los paisajes, en silencio.

Por momentos, habla. Expresa lo mucho que le gustaría “ser aceptado” y dialogar con “alguien”. Su fijación por pintar es su único motivo para existir: busca convertirse en lo suficientemente bueno como para ser reconocido y busca redimirse con lo que considera fue el único regalo que Dios le dio.

“Si no fuera pintor, mataría a alguien”, explicó en un diálogo con su hermano Theo, quien subsidiara sus viajes y su estadía para que continuara pintando.

Pero Vincent, aunque de entrada dice desear el reconocimiento y el cariño de otros, actúa de manera incoherente recurriendo a la violencia, la obsesión y la paranoia si ese Otro, se acerca, le hace preguntas sobre su trabajo, lo intenta conocer.

Entonces, se rebela.

Muestra su rabia, las emociones reprimidas productos de su autoexilio por sus frustraciones con Dios, su sensibilidad a la crítica y a las preguntas de su familia y la sociedad.

Voluntariamente, ingresa a asilos para que lo “traten”, lo “salven”, lo “cuiden” siempre y cuando lo dejen pintar, claro está.

Se considera un Jesús reencarnado, cree firmemente que no nació en el tiempo que debía, que sus obras eran demasiado avanzadas para su tiempo.

Su única otra relación que vale la pena explorar pero Schnabel no la trabaja en profundidad es con Paul Gauguin.

Van Gogh lo aprecia y se da a entender, que puede hasta amarlo. Artista a artista, se entienden. Pero Gauguin vive en el plano terrenal y no comprende la fijación de Van Gogh por pintar paisajes, chocan sus estilos y sus temperamentos.

Para evitar que Gauguin lo abandone después de unas semanas pintando juntos, Van Gogh se corta una oreja y se la envía como regalo. Todo por no querer escuchar las palabras de adiós del colega.

Y es así como transcurren los minutos que hacen honor al nombre de la película, una experiencia que parece eternamente irritante y que ofrece homenaje a Van Gogh sólo cuando este muere de una puñalada. Tal y como parece ser ocurrió en la vida real: reconocimiento de su grandiosidad tras su muerte.

¿La recomiendo? No. Son dos horas de vida que no recuperarás y que ni te deja sintiendo pena, amor o inspiración por Van Gogh ni tampoco te deja reflexionando sobre su faceta como persona.

 

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