Mi entrada al mundo laboral a los 18 años me llevó a emprender el viaje del héroe y no fue hasta que experimenté mi primera ruptura amorosa que caí en el viaje de la heroína, por puro y simple… accidente.

Mi separación del femenino ocurrió en el momento en que me aceptaron a la Universidad de Puerto Rico. Mis padres no apoyaron que estudiara periodismo y a consecuencia, cortaron toda su ayuda económica e inclusive emocional hacia mí.

Solicité becas para financiar mi licenciatura, participé de internados y en un momento hasta tuve 3 trabajos para poder pagar mis estudios.

Me identifiqué con el masculino a un nivel tan atroz que sólo pensaba en obtener logros, fundar y dirigir la Revista Latitudes, crear talleres y conferencias, ser presidenta de dos organizaciones estudiantiles (Modelo d la ONU de la UPR y el Capítulo estudiantilde la NAHJ), producir documentales, obtener prácticas con el New York Times y con la ONU, hacer una maestría en Relaciones Internacionales en Inglaterra para probarle a mi familia que yo había tomado la decisión correcta.

Quería probarles que yo valía… y eso, eso no ocurrió.

Mi ruptura con mi mamá pasó por niveles, primero emocional y culminó en el plano físico con mi partida al Reino Unido. Pasé de buscar aprobación de terceros a querer probarme a mí misma que yo valía.
En ese constante probar me desgasté física, mental y emocionalmente a un punto que por más que alcanzaba logros no me sentía satisfecha y el no haber desarrollado herramientas de inteligencia emocional, culminó mi relación con mi primer novio.

Ese descenso al inframundo duró 5 años de mi vida.

Te cuento esto porque el dolor interno que viví no supe procesarlo por todo el dolor externo que reportaba afuera.

Como reportera de conflictos y violencia de género cubrí feminicidios, violaciones, pobreza extrema, maltrato infantil en México, Colombia, Israel, Turquía. Mi trabajo como periodista no paró porque yo, internamente, me sentía mal. Con la convocatoria al mapa documental Ser mujer en Latinoamérica en junio 2017, quise canalizar muchas de mis frustraciones con evidencia pero sólo encontré más y más dolor en las mujeres.

Fue así como me harté de mi historia. Me harté de contarme el mismo cuento miserable de tragedia y  emprendí un camino de sanación. Tomé cursos de reiki, theta healing, constelaciones familiares, cuarzos, terapias angelicales y en 2018 me certifiqué como Maestra de Meditación por Mujer Holística.  Con estas herramientas aprendí lo mucho que me cohibía de “ser” , lo mucho que me costaba pensar en “el lado positivo de la vida” y en cómo “no era una coach para ayudar a alguien más”.

Con el desarrollo de mi conciencia comprendí el daño de las creencias limitantes y lo mucho que me privé de conectar con mi mamá y con mi linaje de ancestras y lo hipócrita que sería continuar la producción de Ser mujer en Latinoamérica si no estaba sana yo, si no sanaba mi relación con las mujeres, si no sanaba mi relación con los hombres, si al menos no intentaba integrar y aceptarme tal y como era.

Te dije al principio que caí en el camino de la heroína por accidente.
Jamás imaginé que un corazón roto me afectara más que mis fracasos profesionales o mis problemas familiares. Jamás pensé que esos años de callar lo que sentía desembocaran en un proceso más aterrador aún:

Darme una oportunidad a mí misma.

Hoy quiero compartirte 7 lecciones que he aprendido al recorrer estos dos caminos por si alguna brinda luz a tu andar:

1. Soy suficiente. 
Mi valor NO viene de lo que hago, mi valor NO viene de mi “cuerpo de mujer”, mi valor no viene de mi pareja o la ausencia de ella, mi valor viene de cuán amplia o reducida es mi aceptación de QUIÉN SOY.

2. Mi historia es imperfectamente perfecta.
Estoy consciente que el relato de mi vida no es el más paradisiaco de todos pero he hecho las paces con él. Esa liberación de la necesidad de que mi historia sea “reconocida” por otras personas para que sea “importante”, me ha ayudado a desarrollar amor propio. Comprender que esta historia la puedo cambiar cada día con mis pensamientos, mis acciones y mi forma de recordarla. Es decir, donde sólo veía fallas y fracasos, aprendí a estar agradecida con su imperfección.

3. Me abrí a descubrir qué era para mí… ser mujer. 
Como periodista, viví el engaño de la neutralidad. Me enseñaron que, para ser buena periodista, no podía mostrar mis sentimientos. Me enseñaron que era… o periodista… o mujer. Nunca las dos. En este recorrido, aprendí a explorar la pregunta más que fijarme en buscarle una solución. Ser mujer para mí hoy es un tema “en construcción”.

4. La importancia de ver a otras personas con compasión. 
Este ha sido uno de los procesos más difíciles de todos porque implica dejar a un lado la maña del juicio y la separación. No obstante, conforme sigo acumulando experiencias y conocimientos más puedo ver que hombres y mujeres son producto de sus crianzas, sus linajes, sus decisiones, experiencias y líneas de pensamiento. Eso me ha llevado a perdonar y ser menos juiciosa con mi mamá o con mi papá por lo que hicieron o dejaron de hacer y entenderlos como seres que hicieron lo que consideraron correcto con su marco de referencia y acorde a los tiempos.

5. La importancia de establecer límites sanos. 
Aprendí a desarrollar hábitos saludables y comportamientos que nutrieran mis metas, mi espíritu, mi cuerpo y mi ser. Ese cambio implicó establecer límites con relaciones tóxicas con amistades, lugares, ofensas e inclusive alimentos.

6. Reconocer mis ciclos.
Aprendí a escuchar mi cuerpo y aceptar, más que rechazar, cuándo necesito de mí, cuándo necesito ser escuchada, con quiénes me siento a gusto y qué comportamientos y espacios no tolero y por qué ayudándome a desarrollar una brújula de valores, una firmeza de tierra interna y externa para cultivar y proteger.

7. Reconocer y no asustarme de mi poder.
Aprendí que puedo ser mi mejor aliada o mi peor enemiga. Aprendí a identificar cuál era mi sombra y cuándo vibro en luz. Aprendí a aceptar las partes de mí que socialmente eran vistas como “debilidades” e integrarlas para trabajar en ellas más que esconderlas. Aprendí a pararme en mi verdad y dejar de juzgarme por lo que pienso, siento o hago.

Estudiar los métodos de El viaje del héroe y El viaje de la heroína me ayudó a entender mejor mi historia y cómo ésta es influenciada por el consciente colectivo. 

Me ayudó a entender que mi historia no es muy aislada de la tuya o la de millones de personas y que cada cual hace lo que puede por atravesar o superar cada etapa.

Me dio la certeza y la claridad de crear una clase de conciencia y atarla al feminismo porque hay tantas liberaciones, tanta sanación, tanto mundo que las mujeres MERECEMOS vivir.

Ojalá me permitas acompañarte el próximo 20 de agosto en nuestra primera Clase Online de Conciencia y Feminismo: El viaje de la heroína.

Únete a esta exploración sobre lo que significa para ti ser mujer.

Reserva tu espacio aquí. 

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One response to “7 lecciones que aprendí al final del viaje de la heroína

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