Repensemos el impacto del nacionalismo

Y ese día reafirmé lo que siete años atrás, que el nacionalismo como ideología es capaz de unirnos y dividirnos.

Que abrazar banderas, al igual que otros símbolos terrenales, nos daba propósito, identidad, dirección. A costa de alejarnos de nuestra esencia que ya daba propósito, identidad, dirección.

Fallaron (o acordaron) enseñarnos eso. Que la identidad nacional, esa que nos guiaron a defender, era un aliciente pero también una distracción. Era un mapa útil para clasificar a unos por encima de otros, situarnos en quién debíamos confiar y en quién no.

Nos hizo ciegos, agresivos, violentos, heridos.

El nacionalismo fue otra casilla más para dictar quiénes éramos, qué oportunidades teníamos, cuánto valíamos y cómo se comportarían con nosotros los demás.

Nos hizo aferrarnos a una frontera, un territorio, un ideal.

Sin comprender que, desde siempre, el nacionalismo fue, es y será un concepto maleable, un imaginario, una construcción. Una estrategia tan y tan magistral que tiene la capacidad de levantarnos como pueblo o destriparnos de toda humanidad. Incontables casos hay…

Hoy pregunto… ¿por qué elegimos olvidar nuestros inicios? ¿Cuándo impusimos fronteras para protegernos, separarnos, alejarnos de los demás?

¿Cuándo pudo más el miedo para regir las normas de control de cada individuo y por extensión, cada sociedad?

Hoy sólo sé que la patria es agonía y deber para el que así lo asume. Que eso no está bien o mal, sólo es. Que cada cual tiene el poder de decidir qué cruces quiere cargar, por cuánto tiempo y para qué.

A quienes les pese la patria, les invito a emprender el proceso de aceptarla y soltarla. Al final, patria es una palabra, una imagen que nuestra mente asocia a experiencias, expectativas y enseñanzas.

Les invito a soltar ese bagaje… y ver qué pasa.

Si duele menos vivir, si el aire se respira mejor, si por alguna razón, el día a día no pierde más sentido.

Si simplemente nos basta con “ser” con o sin puntos suspensivos.

Tienes el poder de elegir tus maestros

Hay un placer que evoca ser estudiante, sentir que estás aprendiendo…que creces. Sin embargo, con ciertos procesos olvidamos que así de importante puede ser el maestro o la maestra como el tiempo que decidimos pasar con él o ella.

Muchas veces postergamos los cortes por la sensación de familiaridad, el entendimiento del lenguaje, el comfort de saber qué esperar y qué dar. Voluntariamente, creamos una relación de dependencia con esa persona a la que vemos como fuente de conocimiento o quien te hace las preguntas correctas, te aclara la visión, te representa como espejo.

Hoy no quiero entrar en la dinámica de maestro y estudiante que amantes de la psicología podrán encontrar decenas de teorías para explicar.

Sólo quiero invitarte a reflexionar bajo qué circunstancia estableciste lazos con maestros espirituales (familiares y de pareja, etc) y por qué los cultivas.

¿Qué ganan de ti? ¿Qué ganas de ellos?

  1. Estamos rodeados de maestr@s. Cada persona tiene algo que enseñarte. Sin cundir en la paranoia que puede generar esta aseveración y el pensamiento tan descabellado de que, “lo que veo en otros está en mí, lo que me disgusta y me separa de otros es lo que reprimo en mí”, la buena noticia es que tú decides a quién escuchar y cómo deseas aprender.  
  2. Cuando te abras a compartir con tus maestros en un curso o en la vida “real”, ten en cuenta que ellos compartirán su conocimiento contigo pero proyectarán en ti sus caminos y (¿por qué sí o por qué no?) inseguridades. Que eso no está bien ni mal, sólo que reconozcamos cuándo nos hablan a nosotros de nosotros y cuándo se reafirman en sus lecciones ellos mismos.
  3. Al iniciar una práctica o proceso nos sentimos muy alegres, aliviados, inseguros, retados. Pensamos en la mejora, los sacrificios, las horas, el resultado. Olvidamos que, si las lecciones no tienen un tiempo establecido (no son cursos formales sino platicas al azar), en algún momento ya habremos superado la lección. Bajo la excusa de que “nunca terminaremos de sanar ni de aprender” porque el universo tiene tantos misterios que se salen de nuestra comprensión, permanecemos en esta relación con maestros porque conocemos su fórmula, aprendimos su lenguaje, nos sentimos en confianza para cuestionar. Es en esa circunstancia que, las líneas del respeto humano se pierden y empezamos a admirarlos, alabarlos y endiosarlos perdiendo de vista que son seres igual que nosotros (con egos trepados algunos).  Mi invitación es a que te plantees si en este proceso actual necesitas un@ nuev@ maestr@ para evolucionar. 

Esta es una reflexión que me llegó hoy luego de un encuentro con una maestra de vida en Miami. Comprendí, en nuestra última plática, que dábamos las mismas vueltas de siempre sobre un asunto de otra dimensión que quizás más adelante les contaré.

No sé si se ven reflejados o han encontrado fórmulas para manejar mejor su despertar, pero si las han encontrado agradezco sus recomendaciones.

Hay días en que cansa ver todo como un aprendizaje, pensar que cada interacción es un reflejo de cosas que no hemos trabajado dentro. Hay días que sinceramente (y les invito a hacerlo si les agobia igual) me desconecto del mundo espiritual porque activar la mirada crítica del testigo experimentando el cuerpo es un tremendo problema en la práctica, en lo material.

La misma desconexión incluye alejarme de la cantidad de información que otros maestros, entrepreneurs, coaches y ascendidos comparten en las redes sociales con el fin de “educarnos”, “empoderarnos”. O, más bien “recordarnos” lo jodidos que estamos si algún día decidimos no prestarle atención a las labores del “despertar y la conciencia” y más si ese día es hoy, por lo del eclipse solar, la luna nueva y otras vainas más. No caigamos en las presiones de ese márketing de contenidos, por favor.

Cada día que pasa me convenzo más en que la vida es más sencilla de lo que pensamos. Que todas estas ideologías, religiones y filosofías buscan complicarla más para encontrarle razones a por qué los seres humanos no podemos relacionarnos en paz. Mejor dicho, por qué no sabemos coexistir.

Quizás no sabemos o no somos capaces porque nuestras energías se enfocan tanto en aprender y no en vivir. (Porque pareciera que vivir es de “salvajes” o espíritus libres amantes de la anarquía. Ya sé, más casillas, más casillas).

De camino a casa, platiqué con un artista argentino que me recordó los cambios revolucionarios. Mientras intercambiábamos historias de viajes, él me dijo en una instancia “tranquila, la vida pasa”.

Así. Sin más. Sin interpretaciones de las posibles lecciones de cada viaje. Sin recomendaciones de a dónde ir después. Sin frases bonitas.

Me quedé con la incógnita de si, en el camino al despertar, hemos dejado de vivir la vida sólo por estudiarla. 

Nos hablaron tanto de que siguiéramos nuestro propósito en la vida que perdimos de vista algo tan sencillo como respirar.

Por eso culmino este post invitándoles a que disfrutemos de las cosas simples y nos atrevamos a lo extraordinario: Si no todos los días, de vez en cuando y de mil en vez…seamos.

A ver si algo pasa, a ver si no pasa nada.

Los caminos que elegimos

Puede que, quizás, tal vez elegimos caminos por las expectativas que tenemos de ellos. Quizás no tanto porque queramos vivir la experiencia que ofrecen, las lecciones que tienen para enseñarnos.

Tal vez queremos entrar con un rol asignado y no abrirnos a la posibilidad de que el andar nos cambie. Quizás, tal vez, emprendemos una ruta queriendo una imagen exacta del destino final y nos olvidamos… que todo camino tiene obstáculos, malezas, paisajes, recompensas.

Si el miedo te paraliza, si te cuesta cruzar el umbral, puede que no sea el tiempo todavía. Puede que no estés mal. Los caminos son sólo eso: veredas hacia un algo, un qué, una meta.

Elige cuáles según cómo te sientas, no compares la imagen de éxito tuya con los trayectos de alguien más. Esto te lo digo porque tu experiencia de ruta sólo la vivirás tú. El resto de nosotr@s seremos testigos, transeúntes, canales, compañeros de viaje, maestros o estudiantes de aprendizaje.

Somos y seremos seres de luz, igual que tú, buscando entender y sentir esta cosa -a veces dolorosa, a veces divina-que llamamos vida.

Namasté.

Ayer, hoy y siempre.

Gracias voz

Si puedes llevarte algún mensaje de lo que expongo a continuación te lo adelanto ahora:

tu voz vale

(no eres ruidosa),

tus sentimientos valen

(no eres hormonal),

tu existencia es valiosa

(no eres inútil).

En menos de tres días viví una montaña rusa de emociones que intentaré explicar lo mejor posible aquí. ¿Por qué? Porque no sé si te pesa, te afecta, te sientas reflejada/o o te importe. Sólo sé que, hoy por primera vez en mi vida, tengo algo muy importante que escribir.

Nací y fui criada en una familia pobre material y emocionalmente. Desde que tengo uso de razón, mis padres trabajaron muy duro para que no faltara comida y techo para vivir. Por años, permanecí encerrada en la casa los fines de semana porque había que aprovechar el tiempo de las vacas gordas y sólo los domingos en la tarde compartíamos en familia con mis tías. Mi tía Pola se convirtió en mi segunda madre, esa que siempre me abrazaba, escuchaba y daba los apapachos que por más berrinches que hice aún en mi adolescencia nunca recibí. Canalicé mi frustración en mi cuerpo, siendo mi máquina visible de destrucción con una dermatitis severa que me llevó a ser conejillo de Indias de decenas de doctores y a ser la adolescente más tímida e insegura de toda mi escuela. Apagué mi luz interior.

La carencia de afecto de mis pilares no fue algo fácil de entender. Realmente, me costó mucho perdonarla. Me costó mucho aceptar que mis padres eran así porque así fueron criados y que por más que yo intentara abrazarlos y pedir sus abrazos, no estaban acostumbrados. No estaban abiertos a recibir.

535759_10151074933929845_1319096937_n.jpgA lo largo de mi vida adulta me topé con muchas personas así. Frías, reprimidas,eruditos intelectuales desconectados de la emoción. En la universidad comencé a disfrutar la sensación de libertad de pensamiento y emoción sólo para que me tildaran de “rara” por no soportar ambientes ruidosos, por “llorar” al ver películas románticas, por “alegrarme” ante una buena noticia. Tuve (y todavía conservo) muy pocos buenos amigos. Reconozco que sólo con ellos fui auténtica todos estos años a la capacidad en que mi ser me permitía operar, es decir, hoy siento que no soy yo al 100 %. Estoy en desarrollo.

Me dolió descubrir que cultivé relaciones amistosas y amorosas con la misma característica de mi familia. Que estuve en la línea de fuego muchas veces por parecer “distante” y “distraída” al principio y “muy intensa” de repente.

Me dolió que jugaran con mis emociones. Corrección, permití que jugaran con mis emociones porque no me respeté a mí misma y para cuando aprendí a poner límites, las amigas y los exes regresaban prometiendo villas y castillas de repente para saber “cómo yo estaba”. “Cómo yo estuve”, me pregunto hoy.

Mi primera ruptura amorosa sentó un precedente en mi vida y el cierre final ocurrió cuatro años después. Mi segunda y esta última fueron las peores porque por más que di y me abrí, las personas desaparecieron.

No pude decir adiós.

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Para cuando empecé a investigar el feminismo en las relaciones internacionales y a tratar temas de género como periodista, una cita con un profesor fue la gota que colmó mi vaso. Fue el 8 de marzo de 2016 cuando me reunió con esta iluminaria académica a presentarle mi propuesta de tesis porque, en aquel entonces, Natalia quería estudiar el doctorado en Barcelona. El encuentro duró 10 minutos y estuvo marcado por frases como:

“Si eres una de esas feministas que tiene miedo de quedarse encerrada con los profesores, me dejas la puerta abierta”

“Si quieres estudiar el tema de mujeres, vete a sociología”

“Qué tema más aburrido. ¿Por qué las mujeres no participan de procesos de paz? Eso es sencillo, te lo contesto en una página. Porque las mujeres no importan”

“Si no me puedes convencer a mí, ni pienses que vas a convencer a alguien más en el board que te acepte”

“Te tengo que advertir que nosotros tomamos muy en serio el doctorado, que es un proceso de cuatro y cinco años, así que piénsalo bien por si quieres tener hijos. No podemos tener gente descarrilándose de los estudios”

Y la frase final la dijo cuando me levanté de mi asiento y me di la vuelta hacia la puerta “Se nota que eres puertorriqueña”.

Confundida estuve por la intención. En aquel entonces, no sabía si era sexismo o si me estaba probando como estudiante. Sin embargo, lo más que me molestó fue mi reacción, mi silencio y cara de aturdida.

¿Qué fue lo que pasó?

Que entendí que si yo con todas mis batallas, oportunidades de educación y lenguas había llegado allí y me trataron así, ¿quién escuchaba a las demás mujeres en igual, mejores o peores condiciones?

Me comprometí en entrevistarlas, en documentar sus voces, en luchar porque sus historias fueran publicadas en los medios de comunicación internacionales. Todo para que me discriminaran los editores, la mayoría hombres, por mi “afán de cubrir temas de género”. “¿Por qué siempre entrevistas a mujeres?”, “¿Por qué no añadiste una mujer víctima? Si no la añades, no corro tu historia”.

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Mi relación con los medios fue en declive hasta Guatemala. Esa cobertura fue mi quiebre. Fui a cubrir, con mi propio dinero – a tarjeta de crédito, el viaje para contar la tragedia en Hogar Seguro, donde 43 niñas fueron quemadas en lo que se denuncia fue un feminicidio institucional. Todo para que los editores, hombres y mujeres me dijeran que no la iban a comprar porque “es que se ve una historia muy local”, “es que Natalia, es muy cruenta esa historia”, “¿sólo 43? son muy pocas, si crece el número manténnos al tanto”.

¿Cuántas niñas más debían morir para que los medios internacionales le hicieran caso a esta injusticia? ¿Cuánto vale la vida de una niña?

Ahí fue mi quiebre con el periodismo. Sentí que era todo una farsa. Sumado a que mi capacidad como periodista, sin importar cuántos títulos y años de experiencia, siempre era cuestionada por ser puertorriqueña, por no ser blanca-rubia-de ojos azules. Por llamarme Natalia Bonilla y no Natalie Smith.  Un medio muy importante me copió una historia, no me la quiso pagar después de que me dijeron que la iban a publicar. Dos meses después, una periodista joven de plantilla que nunca había pisado Oaxaca, ni entrevistado a nadie de Juchitán, reprodució mi historia sin guardar ni el más mínimo respeto ni sensibilidad por las culturas indígenas. Eso me desalentó.

En mi deseo de sanar mi relación con el periodismo, lancé la convocatoria para Ser mujer en Latinoamérica. Quería documentar, aún fuera de manera independiente, los testimonios de violencia y paz de género en el país. Porque esta biopolítica que rige los gobiernos y los medios regula que hay unos cuerpos más valiosos que otras, que las vidas de unas mujeres valen más que las de otras.

En un año conocí mucho de paz, sané ciertas partes de mí misma, pero solo esta semana comprendí que me escudé debajo de ese proyecto.

¿Dónde estaba mi voz? ¿En qué momento me dije a mí misma: tú importas? Tu experiencia, tu voz, lo que has visto, vivido, sanado y sufrido, IMPORTA. 

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En menos de tres días viví una montaña rusa de emociones porque en múltiples encuentros hombres y mujeres se negaron a escucharme porque estaba “muy emocional”. Rechazaron mis ideas porque “te lo tomas muy en serio”, “no debiste molestarte”. Me tildaron de “inmadura” por “ser muy intensa” y fue en ese juego de palabras y mi reacción de callarme e irme, en lo que pareciera una violentada, que descubrí mi patrón.

Aprendí que ellos eran un avatar y que yo era otro también.

 

La tendencia de personas de echarte a un lado, de ignorarte porque “me tomaste desprevenida”, “porque estoy ocupada”, “porque se ve que quieres hablar algo muy profundo y no tengo tiempo ahora” es la forma en que tratamos a nuestras emociones.

 

Así solemos tratarlas. Así las dejamos ir. Fui un avatar de tus emociones.

 

Así te traté cuando me callaste. Así me fui. Tú fuiste un avatar de mi raciocinio (lo que me inculcaron debía serlo).

 

Hay otras dinámicas de género que podrían entrar a discusión pero hoy fui a una audición de canto. A cumplir un sueño que tenía de infancia.

Y la joven maestra me escuchó cantar sólo para preguntarme: “¿cuánto te has cohibido?” y más fuerte fue escuchar “¿Por qué te disculpas por sentir?”.

Estoy tan acostumbrada a entrevistar, a escuchar, a intervenir sólo para aclarar o cuando es necesario para evitar el desvío. Estoy tan acostumbrada como periodista a pensar y como humana a sentir, que el balance para ambas partes es necesario.

Yo no quiero que mi vida pase de largo entre disgustos y pesares con espejos que repiten patrones que no he sanado. Personas que se prohíben sentir y no dicen lo que sienten porque en parte, yo he sentido mucho pero no me he atrevido a decir.

Las pocas veces que sentí, pensé y dije las personas que más amé me abandonaron, me hirieron, me maltrataron.

Esta es la niña Natalia hablando.

Esta es la joven Natalia hablando.

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De adulta, una guía espiritual me explicó que lo que consideraba era mi mayor problema era realmente mi mayor don: la empatía. Rechacé esa parte de mí porque no sólo sentía lo que otras personas sentían sino, literalmente, mi cuerpo absorbía voluntaria e involuntariamente las energías de ellas. Por tiempos le huía a los sitios llenos de gente, a los abrazos y saludos de extraños por las “vibras”. Por tiempos dejé de contestar llamadas, de usar el teléfono porque podía sentir las intenciones y los dolores de las personas sólo por la vibración de su voz.

Me costó entender que lo que para otros parecía una distancia mía ante el drama era mi Ser superior protegiéndome porque las veces que no hice caso, me quemé y visité infiernos que personas (vampiros energéticos, terroristas emocionales) que ni dieron las gracias por el esfuerzo de ayudarles.

No sabía cómo balancear lo que sentía ni que uno ayuda cuando la persona acepta recibir. No supe cómo dejar ir emociones fuertes cuando mi cabeza decía “ayuda al mundo” y mi corazón decía “ayúdate a ti”.

Ayudarme a mí…ayúdate a ti. 

Sólo sanándome yo, se sana mi alrededor. Sólo sanándote tú, sanas a tu alrededor. 

30739050_10155970752264845_8307604732113846272_o.jpgCulmino esta pieza diciendo “gracias por el camino pero hoy elijo otro mejor”. No tengo idea cómo se ve sólo sé que empieza por decirme “hola” todos los días frente al espejo y “descansa” justo antes de dormir.

Sólo sé que ya empezó con este escrito porque mi voz vale, mis sentimientos valen, mi tiempo vale, mi existencia vale y la tuya, también.

A las personas que herí, perdí o marcharon a otros rumbos (tal vez porque crecí, crecimos separados o juntos nos hacíamos más daño que bien), quiero que sepan que hoy entendí la importancia del Ho’ oponopono y les guardo un lugar, (no escondido, agridulce ni atrofiado), en mi pasado.

Si algún día cruzas este escrito, independiente de en qué términos, mi mensaje para ti es: honro tu paso por mi vida con esta catarsis y te deseo un nuevo despertar porque…todos lo merecemos. 

Lo siento.

 

Perdóname.

 

Te amo. 

 

Gracias.

 

-Natalia

 

Aprendiz de las leyes del universo

Naufragué, kilómetros antes de llegar a la orilla. Las pruebas del viaje, los monstruos que batallé, los días y semanas sin ver tierra y las dudas, agotaron la energía que tenía en mí.

El desgaste emocional era tal que, para el tiempo que pedí ayuda al Universo, a Dios, a la Diosa, jamás esperé que el barco de rescate fuese una persona. Habíamos coincidido par de veces compartiendo pequeños retratos de aventuras por el mundo, yo con Gaia y ella con los saberes ancestrales de la India. Esta vez nos vimos. Yo resuelta a dejar de luchar con el agua en el cuello, lista para mi destino. Aceptar el naufragio, el fracaso, las pérdidas. Ella lista para dar, ofrecer sus saberes, abrir puertas bloqueadas.

Fue en un encuadre de mis constelaciones familiares que me hizo notar mis puntos ciegos. Los hizo visibles para mí. Descubrí, aturdida entre tanta información cósmica, que todo el tiempo había nadado con un ancla halando mis pies hacia las profundidades del mar. Un ancla que no quería conscientemente ver, que le restaba importancia, que mi ego no quería reconocer… ni agradecer.

Describir el tumulto de emociones que experimenté la tarde de ayer sería una odisea en estos momentos. Sería revivir historias, personajes, contextos. Llegué a mi cama deshecha y sin embargo, clara. En paz. Porque todo cumple un propósito.

Mi mayor lección fue hablar de corazón ante al universo y decirle “Aquí estoy. No conozco tus leyes y estoy lista para aprender. Enséñame el juego”.

Hoy desperté con los ojos puestos otra vez en la muy alcanzable orilla, esperando las coordinadas del viento para nadar a consecuencia. Agradecí el ancla que ató mis piernas por tanto tiempo y dejé ir las energías de ella que no me pertenecían, aceptando las decisiones que otros tomaron por mí. Por más injustas que me parecieran, por más culpable que me “debía” sentir.

Mi trayecto me ha llevado ahora a ser aprendiz de las leyes del ”Tiempo” y su relación con todos los elementos que nos rodean. Ese es mi karma heredado, la herida que vine a sanar en esta experiencia terrenal.

Aquí estoy. Respirando de nuevo. Educándome en el arte de fluir de la mejor y más elevada manera posible.

A todos los náufragos y salvados que me leen, namasté.