No es la primera vez que me pasa

Como periodista independiente, he visto esta situación repetirse con regularidad y hoy ocurrió una vez más. Decidí contar la más reciente de estas experiencias porque si bien estoy consciente de la desigualdad de género en el periodismo internacional, ahora he descubierto nuevas capas de complejidad en la industria que incluyen discriminación social y racial.

Hace unos meses envié un reportaje en profundidad sobre pueblos indígenas en México a un medio de gran prestigio internacional. Para el escrito, viajé a dos estados de la República, hice varias entrevistas y contrasté información estadística. Como sucede con la vida freelance, en repetidas ocasiones les di seguimiento y cada vez me decían que estaba en evaluación. La semana pasada publicaron la misma historia, cuatro párrafos, una sola entrevista. Me escribieron pidiendo disculpas por el “error” de replicar la historia y publicar la versión de otra periodista de plantilla, sentada en la redacción.

No hay excusa para un “error” administrativo como éste que no es un error realmente. Es un claro ejemplo de cómo la prensa internacional tiene institucionalizado el racismo y legitima las historias según la nacionalidad y el color de las personas que las propongan y no en tanto de la novedad de los temas o la calidad de los mismos.

Si les toca elegir, entre la misma nota escrita por un/a latin/a vs. un/a europeo/a, las posibilidades están en 1 a 9 y ya se pueden imaginar en favor de quién. Gran parte de ello recae en preferir lo “conocido” y no calificar objetivamente la investigación que se presenta. Se prefiere, bajo la falsa premisa de “dar oportunidades a los nuestros”, publicar trabajos mediocres que citen a una sola fuente a través de una llamada telefónica y peor aún, no profundicen la investigación. Se prefiere no leer y no evaluar otras voces en terreno (periodistas independientes que gastan su dinero para trabajar estas historias), tal vez más crudas y directas, porque “confiar” en lo que dicen o a quiénes entrevistan pudiera “traer problemas”.

Aquí la situación no es la aparente “competencia” entre mujeres de diferentes contextos ni el “posible robo” de historias, sino que al discriminarme a mí veo caer el velo de la ignorancia. ¿Por qué? Porque me pregunto cuántas otras mujeres periodistas de Latinoamérica, con quizás más o menos oportunidades educativas y laborales que yo, han visto sus historias rechazadas por los grandes medios sólo para ver que éstas sí sean publicadas después por mujeres periodistas blancas y de países europeos que nunca han pisado el continente americano.

Más allá de la desigualdad social y racial en esta industria, lo importante aquí es que estas prácticas sólo validan el pensamiento que un/a periodista no es tan bueno/a como sus historias sino según el contexto de dónde nació o viene. Y si es del “Primer Mundo” no hay nada más que cuestionar, al resto de los profesionales de países excolonizados y colonizados enviarles un “disculpas” les basta para explicarles y acallar molestias.

No. Un disculpas no es suficiente para reparar el daño que consciente e inconscientemente le han hecho por décadas y hacen al periodismo internacional y a las sociedades que dicen “informar”. Estas prácticas se deben denunciar porque como mi caso existen muchos que demuestran que la industria periodística sufre en sus redacciones el mismo deterioro social y racial que pretende reportar en otras partes del mundo.

 

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