Andrea Eberle: El espíritu de viajar

Tal vez te hayas hecho la pregunta: ¿hay lugares, ciudades, países que nos llaman?

Si así ha ocurrido, te has cuestionado… ¿por qué?

Conocí a Andrea Eberle, fundadora de Viajes con Espíritu, hace poco más de un mes. Un amigo en común me refirió conocerla. A partir de entonces, hablar con ella ha sido un aprendizaje continuo, una muestra perfecta de que el universo te pone en el rol de estudiante y maestra de otras almas destinadas a conocer.

Puede o no que estuviese escrito en mi camino cruzar palabras con ella sólo sé que me llamó mucho descubrir a alguien que diseñara experiencias de viaje.

Me sorprendió saludar a un alma viajera tan sabia, a tiempos niña y a otros, anciana, en diferentes momentos y en segundos también.

Con más de 25 años de experiencia en la industria del turismo (y nómada desde la infancia), la emprendedora argentina dio un giro a su estilo de vida luego de la crisis financiera de 2008. Un viaje a la India ese año… su sanación.

Tras liderar dos empresas, Andrea fue reformando su compañía Viajes con Espíritu para incorporar lo aprendido en espiritualidad, turismo responsable y exploración de lugares de poder. Hizo el cambio porque entendió que hay quienes buscan viajes de despertar y transformación.

Dialogar con ella es, a veces, como entrar en un trance. Escuchar a una filósofa de la vida contarte el día a día en un idioma fantasioso e increíblemente, real.

Hoy afina los detalles para su próximo viaje a la India en septiembre, un grupo de unas 20 personas que no hablan el mismo idioma. Sin embargo, como facilitadora Andrea priorizará el respeto de cada cultura visitada y que cada viajero viva su propio proceso en colectivo y en individual.

Me senté a hablar con Andrea antes de que su agenda se apretara aún más para que la conocieran y, en otro post, subiré un vídeo de ella contándonos la importancia de diseñar viajes como experiencias (y temas como el yoga, el ayurveda, la gastronomía, etc) y cómo permitir que la magia suceda.

Porque quizás nos enseñaron a ser turistas pero en esencia, el estilo de vida de viajeros o viajeras -a algunas almas- nos resuena más.

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Aprendiz de las leyes del universo

Naufragué, kilómetros antes de llegar a la orilla. Las pruebas del viaje, los monstruos que batallé, los días y semanas sin ver tierra y las dudas, agotaron la energía que tenía en mí.

El desgaste emocional era tal que, para el tiempo que pedí ayuda al Universo, a Dios, a la Diosa, jamás esperé que el barco de rescate fuese una persona. Habíamos coincidido par de veces compartiendo pequeños retratos de aventuras por el mundo, yo con Gaia y ella con los saberes ancestrales de la India. Esta vez nos vimos. Yo resuelta a dejar de luchar con el agua en el cuello, lista para mi destino. Aceptar el naufragio, el fracaso, las pérdidas. Ella lista para dar, ofrecer sus saberes, abrir puertas bloqueadas.

Fue en un encuadre de mis constelaciones familiares que me hizo notar mis puntos ciegos. Los hizo visibles para mí. Descubrí, aturdida entre tanta información cósmica, que todo el tiempo había nadado con un ancla halando mis pies hacia las profundidades del mar. Un ancla que no quería conscientemente ver, que le restaba importancia, que mi ego no quería reconocer… ni agradecer.

Describir el tumulto de emociones que experimenté la tarde de ayer sería una odisea en estos momentos. Sería revivir historias, personajes, contextos. Llegué a mi cama deshecha y sin embargo, clara. En paz. Porque todo cumple un propósito.

Mi mayor lección fue hablar de corazón ante al universo y decirle “Aquí estoy. No conozco tus leyes y estoy lista para aprender. Enséñame el juego”.

Hoy desperté con los ojos puestos otra vez en la muy alcanzable orilla, esperando las coordinadas del viento para nadar a consecuencia. Agradecí el ancla que ató mis piernas por tanto tiempo y dejé ir las energías de ella que no me pertenecían, aceptando las decisiones que otros tomaron por mí. Por más injustas que me parecieran, por más culpable que me “debía” sentir.

Mi trayecto me ha llevado ahora a ser aprendiz de las leyes del ”Tiempo” y su relación con todos los elementos que nos rodean. Ese es mi karma heredado, la herida que vine a sanar en esta experiencia terrenal.

Aquí estoy. Respirando de nuevo. Educándome en el arte de fluir de la mejor y más elevada manera posible.

A todos los náufragos y salvados que me leen, namasté.

Cuatro consejos para tomar un año sabático

Si uno de tus sueños es darle la vuelta al mundo en 360 días o tomarte un año sabático del trabajo o los estudios para conocer nuevas culturas o encontrarte a ti misma, aquí te comparto varias lecciones que me dejó mi proceso.

Planifica gran parte de lo que será el año que jamás olvidarás y prepárate para el crecimiento exponencial que vivirás en todas las áreas de tu vida.

Establecer rituales de apoyo a tu proceso tales como llamadas a tus seres queridos, documentar tus apuntes en un blog o libreta, practicar algún tipo de meditación o técnica de relajación te será de mucha ayuda para los momentos de soledad e inseguridad que vendrán.

En este período probablemente cuestionarás tu proceso, tus decisiones, lo que hiciste en tu vida antes de este viaje, quién eres y hacia dónde vas. Esta parte es completamente normal y sentirse sobre abrumado/a también. Puede que encuentres las respuestas con facilidad y puede que algunas preguntas se queden sin contestar.

Sé amable contigo misma/o y honra tu proceso, no hay razón alguna para comparar el éxito o fracaso de tus experiencias de vidas con las de lo/as demás.

Simplemente son experiencias, historias para contar. Vívelas.

Si eres una mujer viajera, este post también te gustará. 

Fluir

Sumergirse en el agua fue fácil hasta que olvidé respirar.

¿Cuánto podemos aprender del agua? Es moldeable, contiene, desborda, acoge, refresca, ahoga. Con la temperatura se transforma, con el espacio se conforma. Es paciente, temerosa, abundante, escasa y vasta en uniformidad.

Nos recibe, nos expulsa, nos mueve, nos paraliza.

Es, a mi parecer, de las mejores maestras naturales para enseñarnos a fluir.

Recuerdo cuando fui a un cenote mágico en Tulum. Mágico porque, según la leyenda de ciertos ascendidos, ahí habitaba “el abuelo”. Regresaba de un viaje muy fuerte física y emocionalmente en Costa Rica y me recomendaron visitarlo y hablar con él.

No esperé ver el cenote tan comercializado y preparado para atender a decenas de turistas hippies de varias partes del mundo y el resto, familias enteras sacándose miles de fotos.

Me zambullí. Comencé a nadar estilo mariposa aunque mi cuerpo anhelaba bucear como hacía en los ríos de Puerto Rico. Tuve problemas para sostenerme en la faena porque me faltaba aire.

Continué por unos minutos pero no pude disfrutar más, empecé a sentir pánico.

 

Salí del agua para recorrer la estructura toda escondida y descendida. La corriente del agua es lenta y el piso es inestable, a veces te topas con formaciones rocosas a relieve, árboles y hábitats de peces o tortugas.

Me moví de zona y calculé la profundidad del agua en una cueva que colindaba con el otro extremo del cenote. Una cueva de un centenar de metros de distancia. Nadé y al poco tiempo, volví a sentir pánico. Me apresuré ya por nadar como si mi vida dependiera de ello, me faltó el aire.

Olvidé respirar.

Sorpresa la mía cuando mis pies ya podían caminar sobre el piso de arena blanca como las estrellas y miré hacia atrás.

Hacia la inmensidad.

Conecté con el agua cristalina, la sentí deslizarse por mi piel como mantequilla líquida, me recosté de las estalactitas, busqué al abuelo pero no lo encontré.

Entre parejas que querían capturar besos en una foto, me eché a flotar.  Permití que el agua hiciera lo que quisiera conmigo. Inundó mis oídos, cubrió mi cuerpo como un manto, me transportó por el cenote. Y abrí los ojos sólo para ver el cielo más azul saludarme de vuelta. Sonreí y los peces me golpearon los pies.

¿Qué sucede cuando fluimos? Confiamos. Somos.

Nos quitamos el peso de cómo debería ser la vida. Descubrimos que hay suficiente aire para llenar nuestros pulmones.

¿A qué nos resistimos a sentir, a creer, a vivir? ¿Qué nos quita en vez de aportarnos?

¿Por qué tememos dejar ir?

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Puede que una de las mayores lecciones que nos toca aprender no es soltar el control sino saber cuándo.

Por aferrarme a una versión antigua de mí misma, bloqueé la nueva mujer en la que me había convertido. Diría que no conscientemente ni por el cómfort sino porque cuesta construir sobre lo incierto. Haber mudado piel te deja preguntándote si la actual te queda bien, si la mereces y qué te falta para vivir al cien. Como antes, porque nuestro marco de referencia es el pasado y no lo posible. Lo posible es intangible y nos enseñaron que lo que no está escrito y comprobado no es una apuesta segura.

Fluir es saber cuándo confiar en la corriente. Fluir es ir por el sueño y arriesgar el aire con tal de llegar a un hermoso lugar. Fluir es reconocer que, ante el peligro, sabemos nadar. Fluir es entender que al dejar ir el control, pasará lo que tenga que pasar y de la más elevada manera.

Namasté hoy y siempre.

-Natalia

P.S. Encontré al abuelo, en otro post les contaré qué tal fue. 

Un viaje al centro de la Tierra

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La entrada al túnel no es fácil. El piso es muy mojado, rocoso e inestable.  La vista tarda unos minutos en adaptarse a la oscuridad.

No soy muy fan de los guías turísticos de sitios cerrados porque tienen un discurso muy preparado y mecánico que le quita la diversión a la historia que te quieren contar. Muchas fechas y cálculos para explicarte la historia de la Catedral de Sal, considerada la primera maravilla de Colombia. Y vaya… que te lo recuerdan una y otra y otra vez.

Tras varios accidentes, esta mina se convirtió en un templo religioso y varias de sus bodegas fueron esculpidas para representar las estaciones del viacrucis. Si no eres fan de la religión, mirar más allá de las cruces y las muy abstractas obras de arte te ayudará.

Pero no por mucho tiempo, ya que el recorrido es rápido y los guías cada vez que pueden te regañan por sacar la cámara para selfies y esas fotos extraordinarias. Hay que ser pacientes y esperar hasta el final del tour, cuando tengas libertad de movimiento para recorrer las bodegas en tranquilidad.

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Quizás lo más impresionante de esta mina ubicada a unos 200 metros debajo de la Tierra es cuánto le hace justicia a cuanta película galáctica existe.

La forma de los cráteres, los colores (algunos iluminados con luces artificiales para el show), las texturas de los minerales y el distintivo olor (a playa sin brisa) es motivo de asombro.

Una vez llegas a la iglesia, que era utilizada por los mineros para misas y luego, para el público general, reafirmas la devoción de esta construcción. Pensar en los riesgos que conlleva la excavación y agradecer a los cielos y sus ángeles (estatuas por todas partes) por cuidar del personal y sus visitantes para que no sucumba nuevamente esta obra.

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Para los que se pregunten cuánta sal realmente necesitamos para seguir excavando, sepan que la necesidad de sal va más allá de la cocina y el yodo del hospital.

Según aprendí en esta visita, esta sal se utiliza para la confección de jabones, detergentes, papel, cuero, la industria química, el procesamiento de metales, la construcción de carreteras, etc.

Muy útil pues.

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En el gozo del libre albedrío después del recorrido guiado, pegué mis manos a las paredes para reenergizarme. Me tomó unos minutos sentir la energía pero sí, las brillantes paredes de roca y tierra tenían una energía tenue que con el pasar del tiempo se volvía sólida. Lo más lindo de ese encuentro con las pulidas  entrañas de la Tierra fue sentir que estaba viva. Sentir en las manos su palpitar. Ya cuando llegas a esa profundidad, el ruido de las personas no se escucha, los ecos no resuenan a menos que quieras gritar.

Esta no fue una visita sino una expedición. Se siente así. Que estás en caminando en un lugar extraño que se parece a la Luna, Marte y paisajes similares a Interstellar (2014) combinados con The Core (2003).

¿Visita recomendada? Sí, quince veces sí.

Aún si no eres muy amante de la religión, este lugar es un imperdible de Colombia y una de las pocas atracciones sin par que conocerás en tu vida.

 

(Fotos por Natalia Bonilla)