Cómo hacer turismo sostenible

Puede que elijamos viajar por razones gastronómicas, conocer nuevas culturas, salir de la rutina diaria, tomar vacaciones o inclusive escapar. Lo cierto es que hay múltiples razones para hacer turismo y hoy quiero que conozcas la diferencia entre el turismo tradicional y la nueva modalidad de turismo sostenible.

¿Por qué pensar en el turismo sostenible? Porque viajar hace parte de una industria que cada vez crece más y que representa un 10 % del Producto Interno Bruto mundial.

El turismo tradicional ha caído en popularidad con el tiempo principalmente por su impacto negativo. Resulta que un turista genera el doble de residuos o basura que un residente. Aparte de que ya sea en un tour designado o viajes organizados por cuenta propia, no había un interés por conocer qué sucedía con los destinos o con las culturas que visitábamos o fotografiábamos después de que nos fuéramos. También, implica otros riesgos como la inseguridad, la trata, la pérdida de identidad de las localidades y la comercialización excesiva de estas, que pone en detrimento la calidad de vida de los nativos.

Con el fin de contrarrestar este problema, proteger la biodiversidad y respetar culturas, nace el turismo sostenible. Fueron muchas las conversaciones que originaron este concepto, producto de los Objetivos de Desarrollo de Milenio y ya incorporado en los Objetivos de Desarrollo Sostenible para la Agenda de 2030.

Según la Organización Mundial de Turismo, el turismo sostenible es la práctica “que tiene plenamente en cuenta las repercusiones actuales y futuras, económicas, sociales y medioambientales para satisfacer las necesidades de los visitantes, de la industria, del entorno y de las comunidades anfitrionas”.

Es decir, hacer turismo sostenible es más una decisión de individuos que están interesados en el impacto medioambiental, económico y social que generan en el destino que visitan por lo que es muy probable que apoyen a aquellas empresas que respeten y compartan estos valores.

Hay tres áreas que esta práctica atiende: ambiental, económica y sociocultural. La primera tiene que ver con la planificación e implementación de políticas públicas que ordenen la educación y conservación de la naturaleza así como la reducción de la contaminación y búsqueda activa de fuentes de energía renovable. La segunda va dirigida a la capacitación y certificación de los operadores de empresas turísticas y los incentivos que se les otorga para que emprendan buenas prácticas. Y la última está ligada a regresar a la génesis de la cultura, los valores y costumbres de cada país y el respeto de un pasado no contaminado por tendencias de moda o la globalización.

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Hay muchos países e islas que destacan por sus prácticas en turismo sostenible, entre ellos:

  • Costa Rica: Un país rico en biodiversidad que produce más de un 90 % de su energía eléctrica a base de fuentes renovables.
  • Palau: Su protección y promoción consciente de reservas forestales, islas aún vírgenes y arrecifes de corales bajo la iniciativa Palau Project ha apoyado la economía local y admiración de muchos.
  • Bután: Uno de los países con más requisitos de visa y que exige a turistas tener un operador local de viajes certificado para poder entrar al territorio. Sepan que $65 de los $200 dólares estadounidenses que hay que pagar diariamente en impuestos va destinado a mantener sustentable las prácticas turísticas y proveer acceso de salud y educación gratuita a sus habitantes.
  • Noruega, Finlandia e Islandia: Los conocemos por ser de las naciones más felices del mundo pero también de las más sustentantes por adoptar iniciativas que buscaba promover la economía local, la conservación del medio ambiente y certificar destinos como sostenibles.
  • Las Maldivas: Seguramente has visto incontables fotos de celebridades que viajan a este archipiélago para despejarse y perderse en sus aguas cristalinas. O tal vez, sabes de su lucha contra el cambio climático ya que esta pequeña nación es vulnerable al aumento en el nivel del mar. Sin embargo, cuenta con una extensa red de proveedores hoteleros y turísticos certificados en prácticas de sostenibilidad.
  • Namibia: Se convirtió en el primer país africano en incorporar a nivel constitucional la protección del medio ambiente y su Ministerio de Turismo se ha encargado de observar y ofrecer paquetes turísticos que exponen a visitantes a la cultura local de una forma respetuosa y con el menor impacto posible a las tribus y zonas ecológicas.

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Si te preguntas cómo hacer turismo sostenible, aquí te proveo algunas recomendaciones:

  • Sé consciente de tu huella ecológica: Consume el agua y la energía eléctrica con responsabilidad, minimiza tu generación de residuos y reutiliza ropa según sea posible.
  • A la hora de planificar tu viaje, elige proveedores de hospedaje o servicios que te ofrezcan garantías de respeto al medio ambiente y el comercio justo. Si eliges quedarte en un hotel investiga su uso eficiente de energía.
  • Además, restríngete de adquirir flora o fauna protegida del lugar, por más lindo que se vea un mono o un tigre bebé respeta su hábitat. Algunas de estas especies son protegidas por ley y cualquier daño o robo puede constituir un delito.
  • Cuando compres regalos o souvenirs, busca productos creados por artesano/as locales. Lo mismo aplica a la hora de comer, apuesta por lo autóctono en vez de las grandes cadenas de comida rápida. De esta forma ayudarás a crecer la economía local y, según el menú que escojas, comer más saludable.
  • ¡Haz ejercicio! Qué mejor forma que reducir emisiones de CO2 y pasear por una ciudad que en bicicleta. Claro, hay lugares donde hay carriles y sendas habilitados para este deporte pero siempre que puedas, considéralo.

Por último, cierro este post invitándolos a reflexionar. Cuando viajamos somos rostros pasajeros en la vida de las personas de una localidad y ellos en la nuestra. Seamos conscientes del impacto de cada encuentro.

Decía Dagobert Runes que “las personas viajan a destinos distantes para observar, fascinadas, el tipo de gente que ignoran cuando están en casa”, rompamos el ciclo.

Repensemos nuestra forma de hacer turismo.

“No hay tierras extrañas. Quien viaja es el único extraño”. – Robert Louis Stevenson

El silencio de la Tierra

Es un vacío de sonido lo engloba todo. Intentar oír tu propia voz es inútil.

Hoy no era el día más idóneo para ir a la laguna Quilotoa. El pronóstico del tiempo vaticinaba lluvias torrenciales y de regreso nieve comenzó a caer en los cerros.

Tampoco empezó bien para mí con una caída aparatosa en la mañana que dejó parte de mi cuerpo paralizado. Sin embargo, algo me decía que fuera a pesar del dolor.

Cuando llegué no habían turistas, solo los operantes de hostales cerca de la reserva. Niños regresando a sus casas de la escuela; algunos los perseguían las ovejas.

Descubrí por qué lo llamaban un lugar sagrado. Y bendije cuántos tropiezos tuve para llegar ahí.23472928_10155579437829845_5714452131029959267_n.jpg

Benditos sean estos centros energéticos que son un reflejo del más puro amor. Cuando la brisa tenue te abraza para reiterarte que no estás sola, que eres suficiente sólo por existir. Pero más importante decirte con la quietud que aquí eres parte de un todo porque tú también eres el todo. Que las preocupaciones creadas por la sociedad sólo son desvíos, distracciones de lo esencial.

Solía decirle a mis  amigos que cuando tuvieran que tomar decisiones se sentaran debajo de un árbol, después cambié y les pedía que abrazaran un árbol. Hoy pienso que es mejor que respiren conscientemente, que se pierdan en la majestuosidad de la madre naturaleza.

La Tierra nos enseña a amar, sanar, vivir. Quien busque maestros en otra parte pierde su tiempo.

Permitámonos la apertura para sentir el pulsar, conectémonos con la fuente de vida universal y seamos conscientes de cómo la usamos, cómo nos referimos a ella.

Somos abundancia porque ella es abundancia.  Regresemos a ella. Conservémosla.

 

(Fotos de Natalia Bonilla, Ecuador 2017)

La suma de tus viajes y la magia del cero

En la Ciudad Mitad del Mundo no sientes que literalmente estás en la línea equinoccial ni en la Latitud 0,0′,0” a no ser de que alguien te lo diga, que los pasquines te lo recuerden o que el guía te lo repita una y otra vez. Al llegar al tope de la colina para entrar al complejo turístico, una sorpresa te invade. Quizás te falta un poco el aire por la altitud pero la vista más hermosa rodea la atracción. Estás entre montañas inmensas,  el ruido del pueblo y los coches desvanece con cada paso y sólo escuchas al aire susurrarte suavemente al oído.

Te preguntas, ¿qué vine a hacer aquí? ¿Por qué este lugar es significativo para mi ruta de viajes?

4D7D23A0-CCC9-44E4-8CA5-6A65E113E0A8.jpegLas respuestas a estas incógnitas no me llegaron de inmediato. Tuve que pasar tiempo en el lugar, sentarme en el suelo, observar. En mi primera visita a Ecuador, vine a la atracción en uno de mis dos días libres antes de realizar unas entrevistas y no imaginé que me llevaría una impresión tan grande.

Verás, mientras más me acercaba al monumento -construido en 1979- más me planteaba a dónde había ido y por qué no empecé mi ruta por el mundo aquí. La calma del espacio  era invasiva aún cuando de vez en cuando un grupo de turistas te sacaba de concentración con sus gritos.

¿Concentrarme en qué? En los viajes que hice, qué dejaron en mí, cómo cambiaron mi forma de ver cada cultura y país, cómo antes escogía cualquier motivo para viajar y ahora me tomo mi tiempo para planificar. Porque no se disfruta al máximo cuando se viaja para escapar. Se disfruta al máximo cuando viajamos para vivir, crecer, compartir, evolucionar.

Recorrí los cuatro puntos cardinales y caminé por la simbólica línea equinoccial (que en verdad es una franja de 5 kilómetros de ancho). Sonreí por lo trillado de las fotos y por la edificación de un sitio emblemático y tan sencillo como este.

Sin embargo, entre múltiples museos, cafeterías y estatuas de colibríes lo más que me llevé de esta experiencia fue reflexionar en la suma de mis viajes. ¿Cuánto aprendí de ellos? ¿Quién fui en cada uno? ¿Qué cambiaría si me tocara volver a las ciudades que una vez pisé? ¿Qué no me atreví a hacer por miedo o por no llamar la atención como periodista o viajera mujer?

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Pero más importante aún, me quedé con la sensación de no tomar los próximos viajes a la ligera. Que planificar está bien pero querer verlo todo en una misma semana sólo te pone más presiones de las que necesitas. Que es mejor dejar la vida pasar y fluir con ella. Ser parte de la historia de otras personas sin importar cuán breve sea el encuentro. Apreciar los intercambios cotidianos, el “buenos días”, el “disculpe dónde queda”, el “no se preocupe”, el “gracias por todo” mirando y diciendo también con los ojos.

Aceptar que fuimos un momento para alguien, comprender que ellos fueron un momento para nosotros y aprender la diferencia entre qué memorias atesorar y cuáles dejar ir.

Que la vida es muy bonita como para despreciarla porque no es como nosotros 1AB983CA-39F1-4A58-A610-AEEA8FC65756 (1)quisiéramos. Que tomársela muy en serio no lleva a nada bueno y que controlar todo lo que ocurre a nuestro alrededor, no nos hace más responsables. Nos hace menos abiertos al vaivén de la vida.

Todos somos pasajeros en ella, nuestro cuerpo algún día dejará de ser el vehículo compinche de nuestras aventuras. Y reconocer esa inevitable realidad está bien. Lo importante será estar felices con el modo en que preferimos vivirla porque cada elección tiene un precio.

Elijamos bien y cuando no, recordemos que mientras haya vida siempre podemos empezar de cero.

Siempre podemos elegir vivir de nuevo.

 

(Fotos por Natalia Bonilla, Quito 2017)

Poder decir adiós es crecer

A mis 20 tenía metas claras y el sueño trillado de querer cambiar el mundo.

A los 25 viví bajo la premisa de no saber nada, recibí golpes profesionales y emocionales que casi me tumbaron al suelo. En ese entonces, vivía el día a día con lo que cada uno tenía que ofrecer, dejé de estar presente, aferrada a las memorias del pasado y a la ilusión de revivir todo de nuevo. Dejé de soñar y toda oportunidad la tomaba como una más: perdí el sentido de la vida.

Me tomó tres años y muchos tropiezos comprender que sólo puedo trabajar en mí misma. Que todo lo demás es ilusión. Que la realidad es maleable, se crea e interpreta según la actitud. Que lo que es adentro, es afuera. Que por más deseos que tuve y lágrimas que derramé, muchas personas y oportunidades que quise no permanecieron. Aprendí que querer duele y que sólo amar libera.

Que resistirse a los cambios que benefician nuestro crecimiento sólo empeora el proceso, que el universo tiene nuestra espalda y que mientras muchos creen en el Maktub, sólo los sabios reconocen que el TODO está a disposición. Que somos energía capaces de construir y transformarnos hacia lo que verdaderamente queramos, por más que las normas sociales e ideologías políticas y religiosas dicten lo contrario.

Que Cerati dio en el clavo con su “poder decir adiós es crecer”, aunque ese adiós no sea aplicable para una pareja sino para una versión de ti misma. Que es tiempo de dejar atrás a la mujer que eras antes para abrazar la de hoy en construcción, aunque embarcarte en ese proceso implique resistir el dolor de los músculos al desgarrarse.

Que el barquito de la esperanza te conducirá a la frontera que impongan tus límites, mientras que el barquito de la fe te llevará a un puerto más brutal de lo que tus ojos y mente alguna vez pudieran haber visto o imaginado.


20170520_122503Hoy, con las rodillas desgastadas y una fuerza indomable, brindo por la magia de losnuevos comienzos y por las personas que, sin esperar nada a cambio, me dieron aliento, me abrazaron y guiaron en lo que fue el peor año de mi vida.

Gracias por no emitir juicios, por no dejarme sola y en cambio, permitirme ser parte de sus vidas a pesar de lo abatida que muchas veces me dejó esta tormenta. Pero sobretodo… gracias por ser faros increíbles de luz en el túnel más largo y oscuro que elegí caminar. Gracias a ustedes (y al cuidado de otros seres superiores), llegué al otro lado. Hoy puedo sonreír confiada en que “será bonito lo que quede por llegar.”

Namasté, ayer, hoy y siempre.