Hackear la mente machista

El machismo es una problemática social que dificulta la consecución de la igualdad. El Instituto De machos a hombres busca atajar la raíz de esta mentalidad.

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El empoderamiento femenino comienza con la educación sexual

“Mi voz es mi voz, la tuya es la tuya. Ambas válidas e importantes.”

Ella nos enseñó que era posible. Alessandra Rampolla como mujer experta y puertorriqueña rompió los moldes de nuestra sociedad isleña y emprendió un camino expansivo por la educación sexual en Latinoamérica.

Ayer la conocí en la presentación de su nuevo libro, Sexo Te lo Cuento Todo, en Miami.

Por más de 10 años seguí su trayectoria a través de los programas de televisión, los medios impresos y las redes sociales y ayer, conocerla en persona fue, cumplir un sueño que no sabía que tenía.

Para muchas mujeres, Alessandra fue, es y será un faro de luz clave para ayudarnos a explorar nuestra sexualidad (y energía creadora) sin tabúes y empoderarnos, y no victimizarnos, mediante ella.

Liberarnos y ser: mujeres completas, multiorgásmicas, abundantes y capaces de construir relaciones saludables, independientemente de la identidad de género o la preferencia sexual.

En su nuevo libro, Sexo Te lo Cuento Todo, continúa el trabajo de documentación para romper mitos y estereotipos sobre la sexualidad humana en el continente. En otro post publicaré un review sobre el libro.

Al compartir con ella impresiones sobre mi mapa documental Ser mujer Latinoamérica confirmamos que todavía era muy largo el camino por recorrer para desestigmatizar el cuerpo de la mujer, para que ella misma se libere de las cadenas culturales y los permisos sociales y para que tome control sobre su vida y educación.

Sólo si la mujer se educa y empodera, podrá educar al hombre.

No será al revés.

Agradecida estoy por encuentros como éste y por que el mapa Ser mujer crece con la guía y el apoyo de mujeres increíbles.

Cuán bonito fue reconfirmar, ojalá fuese a diario, que hay tantas mujeres haciendo una extraordinaria diferencia en diversos foros por nuestra sanación y liberación.

 

La liberación de los hombres

Para mí es muy importante que en el esfuerzo feminista, no se deje atrás la realidad un tanto establecida y muy poco cuestionada de los hombres.

He encontrado que el empoderamiento femenino no es lo mismo que la liberación de las mujeres. Que debemos cuestionarnos si los hombres deberían ser liberados también.

Resulta que en la búsqueda de exigir el reconocimiento y respeto de nuestros derechos como sujetas políticas en igualdad de condiciones da por hecho, para bien o mal, que los hombres saben y actúan en base a sus privilegios.

Generalizar que todos los hombres viven, disfrutan y defienden una sola realidad, esa que los invita a oprimir y ofender a las mujeres, puede que esté mal.

Mientras continúo mi investigación de Ser mujer en Latinoamérica, más conozco hombres heridos por la “masculinidad”. Esa, la que denominamos, “violenta”.

Aprisionados por las presiones sociales, inculcados desde pequeños a reproducir conductas para demostrar que eran “machos”, “heterosexuales”, “fuertes”. He visto hombres destrozados porque no pueden más sostener la imagen de “virilidad”. He visto hombres muy duros y fríos aguantarse las ganas de llorar porque si se permitían sentir los iban a juzgar. El temor a ser visto como “gay”, “poco hombre”, “suave”, “pendejo” es parte del entramado que, como activistas, no podemos obviar.

“No sé qué me pasará si me permito llorar”, un ejecutivo me dijo recientemente. “Si le digo cómo me siento, me dejará”, me contó un amigo. Y así… la masculinidad violenta hiere.

Y muchas veces olvidamos que nosotras, las mujeres, como madres, esposas, novias e hijas, pedimos y esperamos que los hombres se comporten de “cierta manera”.

Las expectativas de que: 1) si me invita a salir “él debe pagar la cuenta”, 2) es muy lindo pero “habla mucho de sus sentimientos”, 3) lo quiero pero “es muy poco caballeroso, no me abre la puerta”, “no me envía flores”, “no me regala cosas”, 4) le conté mis problemas pero “en vez de abrazarme se puso muy serio”, 5) a él no le importo porque “casi no me cela” y “no me defiende”.

Así mismo, nos quejamos de que: “no es muy cariñoso”, “es muy posesivo”, “no me escucha”, “me controla”, “es muy sensible”, “es muy duro”, “quizás sea gay, eso explicaría muchas cosas”.

Como esas hay millones de otras interpretaciones y casos (que varían con las realidades de personas de otras identidades y orientaciones sexuales) que denotan que este no es un problema del femenino o el masculino, la lucha de sexos e identidades, sino la complejidad de las relaciones humanas más allá del género, la sexualidad y cuya génesis podría estar ligada a la primitiva noción del ejercicio del “poder”. (Un asunto que, probablemente siga la producción del documental, ahondaré más adelante.)

Hoy, sin embargo, les comento que me he planteado si existe o debería existir un empoderamiento y una liberación masculina. Porque la aparente “lucha” feminista no estará completa, a mi parecer, si no abrimos los espacios para que los hombres pasen por sus procesos de deconstrucción y sanación también.

Si queremos cambiar la estructura que tanto nos oprime, es imperativo que las mujeres reconozcamos que, como mitad de la población mundial, nuestra sanación y garantía ocurrirá en la medida en que ayudemos (y no satanicemos) a la otra mitad.

Víctima también, oprimida y privilegiada también, de esta estructura creada para ordenarnos y controlarnos como sociedad.

Si te interesa este tema, te invito a participar de la breve encuesta de Deconstrucción de masculinidades violentas aquí.

Cuando descubrí que no todas las mujeres valíamos lo mismo

Ante los imaginarios creados por los medios de comunicación.

IMG_2634.jpgA la izquierda está la única foto que me tomé en Ciudad de Guatemala. Por más que intenté, la ética no me permitía sonreír. Ver mis ojos a través de la cámara del teléfono fue confirmar que mi desconsuelo era un eco de la tragedia a mi alrededor.

Cubrir los días después del incendio en Hogar Seguro de San José de Pinula en marzo de 2017 fue desgarrador. Significó mi quiebre emocional, mental y físico por varias razones. En un período muy corto de tiempo vi, entrevisté y viví lo que era la violencia: estatal, directa, cultural y mediática a nivel internacional.

Hoy quiero compartirles sólo un breve relato de esa cobertura traumática que me hizo entender que, para ojos de las estructuras sociales (Estados, prensa, comunidades), no todas las mujeres valemos lo mismo.

He querido escribir esta lista en un esfuerzo por sanar una herida que aún no he podido atender del todo porque representó una puñalada a mi vocación por el periodismo y la responsabilidad social, algo que casi toda mi corta vida amé y defendí.

Ya no más.

  • El 8 de marzo, día del incendio, cubría la marcha de las mujeres en Ciudad de México. Me publicaron por primera vez unas líneas en The Guardian y mi emoción fue grande y a las horas, eclipsadas al ver la noticia en Guatemala.
  • Tuve una corazonada de que debía ir. Esa noche le escribí a múltiples editores para avisarles que iría a Ciudad de Guatemala, que quería cubrir la historia de más de 43 niñas asesinadas. Esperé un sí, luego un quizás y sólo recibí muchos “no”.
  • Las respuestas de los editores internacionales no me persuadieron. Fui porque sentía que debía contar esa historia, porque entendía que lo que ocurrió no era un suceso aislado, un feminicidio institucional en potencia.
  • Los días siguientes asistí a varias vigilias y charlas en Ciudad de México de feministas y activistas pidiendo justicia por las niñas de Guatemala. Sólo para encontrar que el clasismo y el racismo estaban a flor de piel. Escuchar a señoras, inclusive profesoras, en las vigilias decir que el suceso no sorprende porque “seguramente eran indígenas” y de paso, callando a otras guatemaltecas y guatemaltecos presentes por “no saber” cómo defenderse del Estado.
  • Para el lunes de la semana después, obtuve un quizás y llegué como paracaídas dispuesta a quedarme lo que fuese. (En este punto, quiero agradecer públicamente  la ayuda de dos colegas periodistas Joyce y  que me ofrecieron guía y fuentes)
  • Vi las ceremonias, asistí a las marchas, entrevisté a familiares de las niñas, percibí el dolor en las calles, la desidia de los hombres, la forma en que un hijo le decía a su madre que por qué perdía su tiempo en el tributo si las niñas “ya están muertas. Vámonos ya”.
  • Fui al instituto de ciencias forenses, caminé todas las calles hacia el sistema de justicia, buscando respuestas, viendo si el Gobierno decía algo.
  • Una abogada me presentó el vídeo inédito de 30 minutos de cuando sacaron las niñas del Hogar Seguro, vi sus cuerpos quemados, sus alaridos,cómo los vecinos las acostaban en el piso, cómo borrachos les tiraban lo que parecía ser alcohol en sus caras y se reían…se reían.

Para cuando envié nuevamente las historias con fotos y todo, los mismos editores que me decían meses atrás que para publicarme un reportaje de las mujeres y la paz en Colombia debía entrevistar a víctimas llorando, me negaron la publicación.

“Es muy local Natalia. No veo cómo puede interesar a internacional.”

“Es muy macabra la historia Natalia. No sé por qué buscas reportar cosas así de tristes.”

“43 niñas, son muy pocas. Escríbeme cuando suban a 50 y hablamos.”

Mi asombro y decepción fue tan grande que todavía no lo puedo describir bien aquí.

¿Cuántas niñas más debían morir?
¿Cuánto vale la vida de una niña? ¿Blanca, morena, indígena?
¿Cuánto vale la vida de una mujer?

¿Cuánto vale mi vida?

¿Por qué el valor de un ser humano se cuantifica?

Convencer para que publicaran fue muy desgastante. Sólo cuando vieron que más medios publicaban las protestas fue que decidieron enviar corresponsales de su plantilla pues… conocidos pues… de primer Mundo pues… porque sólo el Norte es neutral para contar asuntos del Sur, como una vez uno de los altos directivos de France 24 me dijo en la cara, como una vez un editor de BBC Mundo me explicó en una solicitud de empleo. Los latinos, ex colonizados, no nos sabemos reportar. No nos sabemos sentir, entender, explicar. Ese es el mensaje que recibí una y otra vez, que el buen periodismo viene de afuera, de periodistas del Hemisferio Norte llenos de muchas garras y sueños de cubrir el mundo, de decir que estuvieron en Colombia, Pakistán, Siria, Irak sólo para ganar el reconocimiento de sus colegas, ganarse premios y decir que trabajan por la responsabilidad social, es decir, ni por la violencia ni por la paz. (Que conste que, de los muchos que he conocido, sí hay colegas -y amigos y amigas periodistas- muy sensibilizados y conscientes de su mirada hacia el “Otro” y no caen dentro de ese patrón).

Peones de la industria, fuimos, somos y seremos peones de la industria. Una industria cuyo origen mercantilista no le permite sentir ni padecer. Una industria que premia la reproducción de la violencia y no visibiliza, en igual o mayor medida, las soluciones por la paz. 

La cosa es que yo me eduqué en el Norte. Con la mentalidad estadounidense. Con títulos de EE.UU., Puerto Rico, Inglaterra, España. Yo trabajé para empresas internacionales y sé muy bien cómo manejan los medios las noticias como productos.

Tal vez como periodista independiente fallé en que no supe vender bien las historias, no fui lo suficientemente sensacionalista en mis reportajes, no les daba la sangre que buscaban, el conflicto para vender más miedo e inestabilidad.

Y sin embargo… para la historia que sí reunía todos los requisitos, el país no era prioridad. No se podía llamar feminicidio a las “muertes de niñas quemadas”, no valía denunciar el trato infantil, el embarazo adolescente, la violencia sexual, los abortos clandestinos, el miedo que viven día a día en sus casas, en las calles, escuelas, espacios de trabajo y frente al gobierno las mujeres.

Porque, eso es muy local. Muy macabro. Muy de pobres. Muy de unos pocos dejados a su suerte y que ante las miradas de gente en el poder (de afuera, que alimenta el morbo -y no el genuino interés- por lo exótico), sus vidas y lo que ocurra en ellas no valen.

Yo no quiero extenderme más. Como leerán, me queda mucho por trabajar a nivel interno esta historia que me llevó a emprender, no sólo el mapa documental Ser mujer en Latinoamérica, sino mi propio camino de sanación y espiritualidad.

Sin embargo, entiendo que, este escrito, es un paso necesario para continuar mi sanación y el estudio multidisciplinario hacia la paz de género. Para conciliarme con una profesión que me dio mucho, que tiene el potencial de ayudar a tantas personas, si es que los que toman decisiones en los burós dejaran de ser consumidos por la rutina y la venta. Si es que entendieran que detrás de estas letras, hay humanos y humanas viviendo historias y que no todas, para ser historias dignas de ser contadas, tienen que ser violentas.

Me consta que somos más las personas que trabajamos por la paz, que aportamos nuestro granito de arena, que queremos el bien para esta sociedad. Me consta que somos más y que el miedo, la violencia que percibimos es sólo un imaginario creado por la maquinaria mediática, un mecanismo para mantenernos adormecidos y bajo control.

El miedo paraliza, el miedo nos corrompe, el miedo nos aleja del amor.

El miedo no nos deja ver la solución. Nos quita responsabilidad de nuestras vidas, pensamientos y actos. Delegamos esa tarea a alguien más que nos cuide, nos proteja, nos quiera en el bien y no en la maldad.

Ojalá llegue el día que no miremos a la prensa para validar nuestra existencia. Que no busquemos prestarle atención a lo que ocurre en nuestra casa, vecindario, pueblo o nación sólo cuando alguna figura ilustre, Nobel de la Paz, cantante o presidente reaccione ante los medios de comunicación.

No deleguemos el poder de reconocer nuestra valía a estructuras estatales, mediáticas, religiosas o culturales. Aún este escrito te creará un imaginario y sé que no tengo control alguno de tu interpretación.

Por tal razón, les invito a educarse en lectura crítica de medios, a entender cómo tu realidad ha sido construida por los medios que consumes (radio, tv, redes sociales, periódicos, libros, memes, canciones, etc). Les invito a examinar el origen de sus creencias, si realmente son suyas o se las han inculcado de manera directa o indirecta.

Sólo les diré que mi intención con este escrito es hacer catarsis de mi historia, adueñarme de mi presente y dejar atrás los capítulos inconclusos de mi pasado como periodista, amiga, ciudadana, mujer y ser. Sólo así reafirmaré mi compromiso por la paz por y para todas: despojándome del dolor de las memorias que marcaron mi vida e invitándoles a ustedes a tomar las riendas de sus procesos de transformación.

Sólo así construiremos paz… no en teoría, sino convirtiéndonos en ella en la práctica cada día y…los días que hagan falta.

Si aún no sigues el reto de 21 días Volver al Amor, te invito a conocerlo en este blog. Es un esfuerzo dirigido a conocer los desequilibrios de energías y la fuente de vibración para entender cómo podemos sanar interna y luego colectivamente.

Si llegaste hasta aquí, gracias por tu tiempo. Gracias por leerme.

Te mando mucha luz,

Natalia

Ser mujer en Latinoamérica no se cuenta, se vive

La emoción que me embarga es muy grande mientras preparo la primera conferencia en inglés sobre la ruta por la paz de género en Latinoamérica.

En el transcurso de dos años, conocí y entrevisté a decenas de mujeres valientes que apostaban todo en las marchas de #Niunamenos, en escondites para que no las descubrieran, en bares lésbicos para estar más seguras, en cafés de hoteles cinco estrellas para no ser censuradas.

Vi y experimenté mucho poniendo en ocasiones mi vida en riesgo. Tengo una lista de anécdotas de situaciones que pudieron haber ido muy mal y gracias a una fuerza superior eso no ocurrió. Pude fácilmente ser parte de la estadística mortal por ser mujer, por ser periodista, por estar en sitios y hablar con personas con las que no debía mezclarme.

Y sin embargo, estoy aquí. No en pie de lucha, no superviviente, no para relatar historias. Cada mujer por sí sola tiene una voz y un poder de acción. Cada mujer tiene una historia para contar y un país que le pesa, un contexto social que le duele, un remanso que la protege.

Cada mujer es.

Cada ser es.

La fórmula hacia la paz no está afuera. Se encuentra, practica y fortalece desde dentro.

Cuando presente los primeros resultados del mapa documental el 31 de mayo lo haré consciente de mis privilegios y de los sacrificios que pocos ven. Las personas que amé y las oportunidades laborales y financieras que perdí; la conexión y sanación mental y emocional que gané.

Este trayecto no termina. Aprender a ser mujer (hombre y más) es la mejor obra que construiremos en nuestra vida.

El contexto es la pintura y Latinoamérica es el lienzo que te llama y palpita.

Hoy puedo decir que Latinoamérica no se cuenta… se vive…se siente…se queda grabada en tu piel.

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